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miércoles, marzo 03, 2010

Las cometas que volaba Ferdinando (avance)

Hace unos momentos estaba acomodando mis archivos de Google Docs y me topé con un pequeño cuento que escribí hace ya bastante tiempo y a continuación te dejaré leer sólo el inicio del comienzo porque aún no termina de gustarme lo que ocurre después... y tampoco me termina de agradar el inicio, pero qué más da:

Las Cometas que Volaba Ferdinando

Él no se llamaba Fernando, sino Ferdinando. Su abuelo nunca se acostumbró a no decirle Fernando, la sutileza de su nombre fue siempre un conflicto interno hasta que terminó optando por llamarle Nando, por ello su abuela sintió que le faltaba medio nombre -aunque realmente fuera más- y se estremeció al pensar que en el futuro Nandito tuviera un problema grave de identidad, incluso temió que por las noches de abril un halcón volara sobre su casa gritando "abuela despiadada, has dejado medio nieto detrás de la alacena, nadie puede moler si su mortero no es de piedra pómez!" -con aquella voz sensual que sólo los halcones pueden entonar-.

Para evitar los gritos nocturnos y los cantos retóricos de las flores que olvidó sembrar, la abuela decidió cambiarse el nombre a si misma por el de "María Isidora Buenojo y Concepción Relicaria Nocturna" porque consideró que ese sería el apropiado para una abuela que llamaría a su nieto por el complemento del vocativo con que su esposo, y amigo de toda la vida, llamaría a su nieto desde que se decidió a llamarlo Nando. Ella lo llamaría Ferdi, para que no perdiera su identidad, sacrificando a cambio su nombre original, aquel que le entregó su padre y que era el último aliento de su madre.

Su verdadero nombre se olvidó cuando una amarillenta tarde Juliana, justo antes del ocaso, Ferdinando entró corriendo del jardín hasta la cocina donde ella cocinaba alubias con malvavisco y le gritó al oído las palabras que el halcón nunca le cantó en abril. Así, María Isidora Buenojo y Concepción Relicaria Nocturna cambió de nombre; pero fueron las mejores alubias que cocinaría por el resto de su vida.

Cada domingo Ferdinando disfrutaba yendo a la plaza central de su ciudad a escuchar a la banda de música interpretar los clásicos valses de Viena o Salsburgo, en ocasiones tocaban música folklórica o arreglos muy variados de música ranchera y cumbias altaneras. Nunca pensó que cualquiera de aquellos paseos dominicales podría haberse tropezado con alguno de los transeúntes que, como él, caminaban abstraídos en sus pensamientos impulsados por mágicos destellos sonoros, incluso pudo haberse tropezado contigo.

Pensándolo nuevamente, tú pudiste haber sido quien tropezara con aquel cuyo nombre no es Fernando; pudiste haber sito tú quien provocara el encuentro casi casual que entrelaza dos vidas como las tejedoras en su telar, pero cómo ibas a saberlo, si aquel domingo cualquiera decidiste no ir a la plaza y en vez preferiste ir a la iglesia (no a rezar, porque tú y yo sabemos lo que opinas respecto al eco de los templos...) porque te diste cuenta que nadie se había tomado el tiempo necesario para fotografiar el magnífico portón de caoba, cedro y pino; pero tú lo hiciste justamente ese domingo, cuando tenías que haberte encontrado con Ferdinando por accidente.

1 comentario:

LuisBond dijo...

woof, woof, reviví mi blog y paso a ladrar por estos lados, saludame a Nolo e Isita =)