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jueves, enero 20, 2005

Las plumas del Cuervo: Caso 1 (4/5)

En el suelo, bañada en plumas de cuervos, con las piernas y manos extendidas yacía el cuerpo de una hermosa chica rubia. Su piel tenía un tono verdoso y viscoso debido al tiempo que pasó sumergida en el río. El vestido rosado que tenía estaba lleno de agujeros por todos lados al igual que toda su piel; los cuervos se habían dado un festín con ella; teoría que termine de confirmar cuando –en un acto puramente masoquista- alcé la manta que cubría su rostro. Nunca olvidaré ese instante que me ha perseguido hasta el día de hoy en mis peores pesadillas. Su rostro, casi destrozado por los picotazos de los cuervos estaba bañado en sangre tan oscura como la noche, sus hermosos labios carmesí eran morados y agujereados como un viejo zapato. Donde antes reposaban unos ojos color azul cielo sólo quedaban cavidades llenas de sangre y gusanos: los cuervos le habían arrancado los ojos. Aquel despojo humano, esos restos de hermosura que estaban bañados en sangre y agua era lo único que quedaba de mi amada Verónica Sphenix. Por un instante pensé que todo era una equivocación, aquella mujer no podía ser mi Verónica. Pensamiento que se derrumbo cuando tome su mano izquierda y saqué de su dedo índice el anillo de compromiso que la noche anterior le había dado.

Tome el anillo con mis manos y lo lleve a mi pecho abrazándolo, como si en el quedara un pedacito del alma de mi amada. Por un instante sentí que todo era un mal sueño, una de esas terribles pesadillas que me acosan en las noches, hasta que una pluma negra cayó del cielo sobre mi mano demostrándome la veracidad de dicha escena. Los cuervos satisfechos por su comida, volaban sobre mi cabeza burlándose de aquella escena macabra: la muerte de mi amada. Solté un grito desgarrador que partió el cielo en dos, un grito que desapareció a los cuervos, detuvo el tiempo y me arrastró a un oscuro abismo del cual nunca podría salir. Ese alarido fue el detonante que convirtió mi vida en un caos completo.

Muchos teóricos afirman que los seres humanos poseemos un límite o “umbral” del dolor tanto físico como mental; cuando una persona atraviesa dicho umbral puede ganar una especie de insensibilidad o, en el peor de los casos, volverse loco. En ese instante, mientras mi voz partía el universo en dos, yo, Steven Lawrence, atravesé ese umbral para vivir por siempre en las tinieblas. Al extinguirse mi voz perdí el conocimiento, cayendo al lado del cuerpo de mi amada. Haciendo memoria puedo escuchar la voz de Fernando diciéndome que respirara y la voz de los otros oficiales pidiendo ayuda a gritos, todo en vano porque mi alma, al igual que la de Verónica, ya estaba perdida.

Cuando recobré el sentido me encontraba en mi cama. El cuervo de esa mañana seguía en mi habitación vigilándome. En mi mano reposaba aún el anillo de Verónica y justo al apretarlo tuve una especie de visión. Por un instante vi a Verónica paseando por el puente Séneca contemplando el anillo que le di; sentí su sonrisa y su felicidad al acariciar ese anillo, su corazón latía lleno de emoción, todo era perfecto en ese momento. Segundos después veía a Verónica luchando contra una sombra negra, una sombra que la empujaba contra la baranda del puente haciendo que ella cayera estrepitosamente en las profundidades del río Dante. Solté otro grito, esta vez más calmado, que me hizo salir de aquella tenebrosa visión. El cuervo empezó a graznar y yo desesperado, poseído por el demonio del recuerdo, me levanté de la cama y tiré al suelo todo lo que encontraba en mi habitación.



--Nota: esta vez no cheque la ortografia porque tengo flojera, cuando desaparezca este mensaje significará que la ortografía habrá sido revisada. gracias

1 comentario:

Karen dijo...

Muy bueno, cada vez me encanta mas. Salu2